JODIDO LUNES

JODIDO LUNES
Es lunes, con todo lo que se oculta tras estas cinco letras. Lunes. Todo el mundo habla pestes del lunes. Tienes cara de lunes. Todas las alegrías se acaban el lunes, uno se va de la obra el viernes, con la satisfacción del deber cumplido y el fin de semana como premio.
—Que lo pasen bien muchachos, hasta el lunes pues.
Parece un lunes lejano porque el fin de semana es largo, con puente incluido, y no sabes si cuando vuelvas recordarás la cara de tus compañeros. No sabes si pasará alguna cosa inesperada y fabulosa y ya no volverás a la obra. Porque no sabes si alguna estrella del rock, o alguna triunfadora acaudalada, harta de maniquíes repeinados con abdominales hinchables, haciendo una ruta de montaña se topa de morros contigo, un hombre, rudo, es cierto, pero accesible. Tal vez algo huraño a primera vista, pero con una rica vida interior y una especial sensibilidad. Un humanista, y ella, inteligentísima a pesar de ser hermosa y tener unas tetas de campeonato, que todo el mundo sabe, por lo que sale en la tele, el cine y dicen los medios, que mujeres inteligentes y preparadas solo lo son las altas, guapas y de busto generoso, porque las feas, enanas, bizcas y gordas no salen, no triunfan, no venden, NO EXISTEN.
Ella, como iba diciendo, inteligentísima, pero ignorante de que seres como tú campan por el planeta sin aparearse, cae totalmente enamorada ante la revelación que tú supones y decide compartir su vida contigo, entregarse a ti y sentir que la vida será maravillosa y que no tienes que seguir despilfarrando tu espíritu, libre y artístico, subido por andamios de los que un fatal tropezón puede apearte en cualquier momento, que no puedes negar al mundo tus dones y ocultarlos en una obra perdida, anónima y desagradecida Ella te quiere para sí y tú, Leonardo Da Vinci, no puedes volver a la obra el lunes y hacerle semejante canallada a la humanidad.
No sabes si este fin de semana tu vida dará un giro de ciento ochenta grados. No sé cuantos grados harían falta para que mi vida diera semejante giro, ciento ochenta parecen pocos. No sabes, pero sospechas que el lunes llegará mucho antes de lo previsto y tu vida no habrá girado en absoluto y, si gira, ponte en lo peor. El lunes llegará y nada de lo dicho, o soñado, será real.
O sea, lunes otra vez. Pero aquí están Fery y Doc. Para hacer del lunes un bonito día. Un día para contar y escuchar lo que el fin de semana dejó a cada cual. Para estar agradecido de estar en esta obra y no haberse encontrado con la rubia despampanante.
— Que te hubiera enredado, tonto. Que luego se cansa de ti y tú te quedas en el mundo solo y desamparado, y tienes que volver a la obra, triste, cabizbajo y meditabundo a que te laman las heridas.
–Además, quién te dice a ti que no se tira a la bebida, harta de todo, la muy desgraciada y tú te pasas la vida recogiéndola por los bares con tu espíritu libre.
–O tiene que irse de gira por Eurasia mientras tú te deslomas para expresar todo ese arte que llevas en tu alma atormentada, esperándola cada noche y cada mañana en una cama vacía, sin saber en qué cama estará ella y si estará vacía, o llena de euroasiáticos. Porque los euroasiáticos, en cuanto saben de una cama vacía, rápidamente acuden sonrientes y en tropel a ocuparla con sus miembros erectos. Eso lo sabe cualquiera.
–Porque mucha estrella de rock y muy triunfadora sí, y cara de muñeca y tetas como melones, pero eso se acaba, y la vida es algo más que eso. ¿Dónde queda nuestra apuesta por la cultura y los verdaderos valores? ¡Eh! ¡Ala! Cógete el martillo y las puntas y reflexiona un rato.
–Y el fin de semana que viene, trabajamos, y así no sufres esa incertidumbre, ni corremos riesgos innecesarios que nos puedan descomponer la vida.
Todo lunes tiene su parte buena y algo de lo que reírse. Dentro de uno mismo hay cientos de “asuntos” de los que reírse. Solo, o en compañía de otros. Jodido lunes.

D. J. FERY

D. J. FERY
Estamos aquí en la obra, al sol, clavando puntas.
Yo no veo la tele, Doc tampoco y Fery solo vive para la música. Lo sabe todo. A mí me asombra esa facilidad que tiene para retener en su cabeza los nombres de tantos músicos y grupos como maneja, los títulos de un millón de canciones. Siempre aparece con una versión desconocida, con alguna rareza musical entre los miles de discos que adornan su casa. Una discoteca móvil, de esas que amenizan algunas fiestas menores de nuestra geografía, no dispone de tantos discos como lleva Fery en su furgoneta. Montones de cedés con un título rotulado que no corresponde al contenido, si no a lo primero que se le pasa por la cabeza cuando los graba. ¿Cómo puede saber lo que contiene un disco, entre mil, grabado hace cuatro años, en el que aparece rotulada la palabra CIRIGUEÑA? ¿Cómo? Pues lo sabe. Sabe lo que contiene, en qué orden, la duración, cuándo lo grabo, tiene tres copias, una en el cajón de la tele, y si quiero una, después de comer me la graba y me la trae, calentita, lista para girar.
En su juventud, porque Fery ya no es lo que se dice un chaval, tocaba la guitarra en una banda para sacarse unas perrillas, ahora solo rasca las cuerdas de vez en cuando en un local que tiene atestado de instrumentos, amplificadores y altavoces que él mismo construye porque, los de compra, no dan las prestaciones que él necesita, tendría que atornillarlos al suelo para que no salieran botando por toda la casa. A Fery, en la rueda del volumen, le sobran todos los números menos el diez. Para la obra, se ha hecho un equipo “portátil”. Si pusiera el volumen a tope, tendríamos que poner los azulejos con tornillos, aquello parece Ibiza Dance y dan ganas de saltar a la pista y enchufar la soldadura eléctrica para que haya flashazos de esos, y pedirse un cubata, y cobrar entrada.
Allá en su casa, en las largas noches de invierno, graba y elabora sus propias mezclas y creaciones, disfruta como un niño con sus cascos puestos mientras controla pistas y efectos. Solo faltaría una pista de baile repleta de orejas atentas a la virtuosa labor de D.J. Fery. A él no le preocupa demasiado que todo ese conocimiento que posee permanezca oculto entre esa habitación y la obra, solo para nuestro disfrute, sin que otros puedan conocerlo. Yo me alegro de que esté aquí con nosotros, aunque reconozco que el mundo habría salido ganando si Fery estuviera regalándonos a todos, su pasión por la música, desde una emisora de radio
A veces, escuchando a otros entendidos en la materia, oigo hablar de canciones viejas y nuevas, versiones, rarezas musicales casi desconocidas y me las apunto para soltárselas a Fery. A ver qué dice. Luego en la obra se lo dejo caer, con la satisfacción de saber que estoy haciendo una pregunta de categoría, difícil, muy difícil. Ni me mira. La contesta como si le hubiera preguntado cuál es su segundo apellido, como si uno naciera sabiendo esas cosas. Yo me vuelvo a mi tajo con la duda resuelta y una pequeña frustración por no haber estado a la altura, por haber hecho una pregunta que no le ha hecho ni pensar, y así llevo veinte años.

EL SALÓN DE BAILE

EL SALÓN DE BAILE
Sería difícil explicar, al señor inspector, cómo es que, a pesar del flamante cartel que adorna la puerta de nuestra obra y que dice: “Prohibida la entrada a toda persona ajena a la obra”, además de unas cuantas recomendaciones sobre el atuendo necesario para transitar por ella. ¡Cómo!, a pesar de tan bonito cartel, estamos quince personas aquí dentro, mujeres y hombres, sin medidas de seguridad, cada uno con la ropa que le da la gana, sin casco, aunque algunos llevan boina, todos alrededor de un “chambombo” bien calentito en el que se están asando unas costillitas, chorizos, setas y panceta. Tenemos también cuatro botellitas de vino y dos de orujo, castañas, un bote de pimientos, dos cebollas, una hogaza de pan, un brazo de gitano, café y una baraja. Y algún lince se ha traído un puñado de Farias.
¿Cómo? No sabría decir cómo, pero aquí estamos, de boda.
Todo empezó a eso de las diez. Nosotros operábamos por la obra con diligencia y según lo previsto, que en la obra ya sabemos todos que previsto, lo que es previsto, es muy poco. Mientras, a sesenta kilómetros al este del lugar, una mujer daba a luz un precioso bebé, un jato, según palabras de su abuelo, de tres ochocientos. El abuelo en cuestión, que es el culpable primero de esta “cumbia” de obra que tenemos hoy, de nombre… no voy a dar nombres, no vaya a ser que algún trepa listillo, algún pesebrero desocupado, tenga un ataque de protagonismo, abra un expediente y acabemos todos explicándole a un juez que no hubo, ni premeditación, ni alevosía, ni ánimo de delinquir aunque las pruebas así parecen indicarlo. No señor, no voy a dar nombres.
El abuelo se presentó en la obra, dio los buenos días y nosotros le contestamos, con educación, como es nuestra costumbre. Suele pasarse por aquí cada día, de inspección, como muchos otros, a charlar un rato de cualquier cosa, darnos alguna lección de historia de la arquitectura rural de presupuesto precario, contar un chiste, una actividad más de su paseo diario. Pero hoy venía mucho más contento.
-Ya tengo otro nieto, a las diez nació, ahora mismo hablé con el hijo, un jato de tres ochocientos, la madre bien, así que, vos convido. Ya viene pa cá mi cuñao y la paisana y preparamos aquí una que…
Muchos otros, como cada día, fueron llegando y marchando, y volviendo con carga, y en menos de lo que tardo en contarlo se aplazó, lo previsto, para el día siguiente, se apartaron estorbos, apareció mesa y mantel, se hizo lumbre, se convirtió el día en fiesta de guardar y si hubiéramos querido cura, misa, y procesión con orquesta, allí estarían.
Y diga lo que diga el cartel de la puerta, no se puede, con una conducta puntillosa y tiquismiquis, quedar como un marrano delante de gente sencilla que solo viene a compartir alegría y viandas. Dicen algunos y algunas por aquí que así es como hay que ser, que ese es el ánimo que ellos traen, y hay que ser paisano, y saber estar, y no como otros, que solo vienen por la obra a ver si encuentran algo fuera de sitio, para descargar sus frustraciones maritales y esa amargura en la que viven y sentir que son alguien importante, que su palabra y ordenes están respaldadas por la legislación vigente, y que te van a multar pero solo por tu bien y velando por tu bienestar porque tú eres imbécil y no sabes velar bien, que su función en este mundo es cosa principal, beneficiosa y digna de alabanza, aunque en su casa todos sepan que no es nada más que un calzonazos de mierda y que, cuando entra por la puerta, ni el perro sale a saludarlo, y que a ver cómo se va a poner el casco con esos cuernos que gasta, y que si está amargado que se tire por un puente y deje de joder, que aquí estamos celebrando el nacimiento de un rapaz aunque el suyo seguro que no lo celebró nadie, y que no ha habido otro como Alfredo Diestéfano.
Y aquí estamos, Fery, Doc y yo, agasajados, platicando con unos y con otros, contando y escuchando historias y chascarrillos, resolviendo, entre todos, cualquiera que sea el problema, duda o preocupación que se pone sobre la mesa.
Yo estoy comiendo castañas asadas y viendo que la cosa se nos va de las manos. Que uno ya fue y volvió a casa, como un cohete, a por el acordeón. Está subido en el andamio y dice que se admiten peticiones y dedicatorias, y ya empiezan a cantar. También tenemos liada una partida, una subasta que llaman aquí, cuatro que están dándose voces y llamándose unas cosas que si no estuviera la baraja de por medio, alguno acababa en la mesa del forense. Las fuerzas están, más o menos, niveladas, tanto en lo político, como en lo deportivo. Cuatro son del Barcelona y cinco del Madrid, hay uno del Bilbao, un nostálgico y otro, el sufridor le llaman, del Atlético. Una de las mujeres es del Hércules y cuando lo dice se callan hasta los de la partida, y aquí eso no lo entiende nadie.
Sigue llegando gente, venga enhorabuenas, venga trago. -Pues nada, que haya salud pa criarlo, -Eso es lo principal. -Pero arrastra, burro, arrastra, no ves que tiene el tres pelao. – Eso, salud y que no te salga drogadicto. –Anda animal, que tú ya vas bueno. -¿Burro yo? Si tú no sabes ni contar con los dedos. –Echa aquí otro gotín. -¿Quién quiere un helao? -Hostias, vaya canción bonita, esa sí, toca, toca.
Esto no es una obra, muchachos, esto es un salón de baile y aún no han dado las dos de la tarde.

LA OLIMPIADA

LA OLIMPIADA
Eso es lo que ha sido hoy la obra, una olimpiada. Vaya día. Otro imprevisto, otro acontecimiento fuera de guión. ¡Otro chollo!
Hoy ha sido Doc, y la fatalidad, y la casualidad, y lo de siempre en la obra. La cosa marchaba como la seda, los primeros veinte minutos, luego ya se nos desgobernó y la seda se nos volvió arpillera. Es la vida en una obra, construir tabiques, levantar paredes, tirar paredes, reformar, enlucir, y siempre, en cualquier tipo de aparejo, llenarlo de golpes y de un sinfín de agujeros, todos ellos necesarios, para ocultar, sujetar o embutir, lo que sea.
Hacer agujeros no es asunto banal, no lo puede hacer cualquier pinche o aprendiz, no señor. Hacer agujeros es tarea importante. Andar por la obra con una taladradora en las manos, agujerando aquí y allá, es señal de mando y señorío, es prueba de que tus conocimientos y buen hacer te proporcionan la confianza del resto del personal para pasearte con paso firme y autoridad. Hay que estar muy preparado, y seguro de uno mismo, para llegar a una obra y ponerse a hacer agujeros con una taladradora sin más, porque no se hacen agujeros de cualquier manera, no hijos. El agujero no se hace, se deshace, no es un ente sino la falta de él, Hacer un agujero es enfrentarse con lo desconocido y una sensación de incertidumbre recorre tu espina dorsal porque, el agujero, es un espacio vacío por el que, según dónde se haga, puede salir cualquier cosa.
En eso estaba Doc. Haciendo agujeros con una potente taladradora mientras nosotros, confiados, estábamos a lo nuestro. Cuando se está en una obra, concentrado en el trabajo, uno se acostumbra a sentir a su alrededor los ruidos y trasteos de los que la comparten y a identificar ciertos gruñidos, resoplidos y carraspeos, como señales inequívocas de cada faena. Por eso, cuando entre el ruido de una taladradora se oye decir a Doc.
-¡Adiós! Ya la jodí.
Todo el mundo allí sabe que le ha hecho un agujero a la tubería del agua.
-¡Cerrar el agua! ¡Cerrar el agua!
Y aquí es donde empieza la olimpiada. Fery se marca los treinta y cinco metros “vallas” en busca de la arqueta del agua pero, en su camino, es atacado por un reptil rastrero, de mordedura letal, que habita en las obras, el cable de la lámpara portátil. Nos quedamos sin la luz portátil. Hay que apañarse con la poca que nos da la bombilla del pasillo. Mientras Fery se afana por liberarse y seguir su carrera, Doc practica la lucha grecorromana con la pared para taponar, sin conseguirlo del todo, el chorro de agua que, por extraño designio, está cayendo justo, justo, en la caja de fusibles. Yo, bajo la lluvia, la halterofilia, que me tengo que llevar la mesa, toda de una vez por entre cascotes, zanjas y otros artefactos de obra, en la que estaba mezclando unos líquidos y sustancias resinosas que, lo pone bien clarito en el envase, no pueden ni acercarse al agua. Pongo la mesa a salvo, pero no puedo evitar llevarme enganchado a sus patas el cable de la puta taladradora que lo ha ocasionado todo, y perdóneseme el lenguaje pero es que, en estos casos, la cultura no ayuda mucho. Bueno, me llevo el cable a rastras y la taladradora cae del andamio. ¿Dónde? En la cesta de goma que Fery tenía llenita del agua necesaria, e imprescindible, para realizar la tarea en la que se iba a ocupar antes de que empezara todo este carnaval. Como la taladradora sigue enchufada, al entrar en contacto con el agua, se dispara el relé diferencial de protección. (que no protegió nada porque, como más tarde pudimos comprobar, la taladradora quedó calcinada). Estamos sin luz artificial. Hay que apañarse con la poca que entra por las ventanas. Apañarse, y nunca mejor dicho, porque alguien tendrá que apañar los líquidos y resinas con los que yo estaba trabajando, antes, cuando la mañana parecía hermosa y todo iba como la seda, porque me he ido al suelo de morros enganchado en el cable de la puta TA-LA-DRA-DO-RA. Bueno, parece que Fery ha conseguido liberarse y ya tiene la llave de paso del agua en la mano, tira de ella, y la rompe, porque yo lo vi bien claro que la rompió aunque él dice,- Hostias, “se” rompió, como si se hubiera roto sola. Ahora me toca a mí el relevo y me largo como una exhalación, a practicar a la calle campo a través en busca de la arqueta de acometida. Llego a ella, flexiono mi atlético cuerpo, descubro la arqueta, alargo mis poderosos brazos y, con majestuosidad y pompa, doy inicio a la ceremonia de clausura de esta olimpiada, cierro el agua.
Vuelvo adentro, al pabellón de deportes en que se convirtió la obra. Doc está practicando las barras paralelas, casi a oscuras, para bajarse del andamio pero, como viste siempre esas fundas de trabajo un par de tallas más grandes, se engancha, da un triple tropezón mortal, hacia atrás, con tirabuzón y llega al suelo en calzoncillos. Fery y yo nos morimos de la risa mientras Doc saluda, con los brazos en cruz, en todas direcciones, como el mejor de los gimnastas y no nos queda más remedio que mostrar las tablillas para concederle una puntuación de diez sobre diez.
Yo, esto de la obra, no sé dónde va a ir a parar. A ver si dejan de pasar cosas y puedo, al fin, escribir un rato alguno de esos relatos que tanto me gustan.

CARTA A DIOS

CARTA A DIOS
Hoy nos hemos puesto trascendentales en la obra. El día, que estaba oscuro y tristón, y nosotros, los tres, que no somos lo que se dice creyentes, nos hemos visto dándole vueltas al peliagudo asunto de si existe, o no existe, un Supremo Hacedor que todo lo gobierna. Que nosotros también somos, en cierta manera, creadores. También hacemos obra.
A simple vista, dice Fery, cuesta creer que alguien gobierne esta desgracia de planeta. Doc no tiene dudas, él está seguro, aquí no hay más Dios que el dinero y la única que gobierna y dispone, queramos o no, es la madre naturaleza, y el hombre, ser atolondrado y engreído, además de pagar a hacienda, pagará también muy cara su estupidez, y al final paga por aquí y paga por allí y siempre pagando. Yo digo que de religión no quiero ni hablar, si a alguien le sirve para algo que le aproveche, que muchos han llevado vida de lujo y relajo a su costa y otros, por ella, han soportado y soportan lo insoportable y nadie sabe si llegaron al premio que tan seguro tenían, pero, con su sacrificio y fe, dejaron aquí bien pagado el que otros disfrutan en vida. Además estas religiones, todas iguales, el sacrificio y la penitencia te lo cobran en vida, y la gloria y los premios para cuando te mueras.
Una cosa tenemos segura, por aquí, por la obra, nunca se le ha visto aunque, mentar, se le mienta. Y es que, después de las iglesias, donde más se nombra al Supremo Hacedor es en las obras, casi siempre apellidando una cagada, o para desafiarlo cuando alguna cuerda queda bien atada. (P.ej.-Esto no lo suelta ni Dios). Pero estas cosas, el Señor, si existe, no las tiene en cuenta, Él, creó al hombre a su imagen y semejanza pero a los albañiles nos hizo mucho más burros. Así están las cosas.
Por eso yo, terminada la faena, voy a escribirle una carta al mismísimo, aquí, en la libreta eléctrica. Nadie la tome a mal, que está escrita, como es notorio, público y manifiesto, desde el atrevimiento que da la ignorancia y el ayuno de instrucción que tengo por castigo.
Mejor dicho, que la tome a mal quien quiera hacerlo, que yo me escribo con quien me da la gana. (No podía dejar pasar esta oportunidad de mostrar cuán embrutecido e ignorante soy).
Carta a Dios:
Ha de perdonarme, el Supremo Hacedor, que no sepa yo encabezar esta carta como Dios, “usted mismo,” manda, ni en qué manera dirigirme a vos con el decoro y respeto que su figura merece, si es que mereciera alguno, que es bien difícil acertar la condición verdadera de aquel que solo de oídas conozco.
Dicen unos de su bondad infinita, de redención y perdones prometiendo paraíso, otros hacen amenaza con la ira del Señor, con el castigo divino pregonando cruel infierno y así no hay forma, ni manera, de llegar a conclusión. Así me veo yo aquí escribiendo en la total ignorancia de con quién abro correspondencia, de si he de esperar respuesta, o voy a recibir castigo. Como sea que el castigo, por lo que tengo vivido, ya lo llevo adelantado, no ha de hacerme desistir de decirle cuatro cosas, por si fuera cierto que existe y tuviera a bien leer lo que tiene que decir éste que, a imagen suya y semejanza, fue creado. Esperando pues se me perdone lo que arriba queda dicho, escribo ya despreocupado lo que no ha de tener perdón, ni quiero solicitarlo.
Si, como Dios todo poderoso creador de cielo y tierra, es usted autor del mundo, le alabo yo las maneras, que mejor y más hermoso no creo que nadie lo hiciera. Otra cosa bien distinta es el mantenimiento, que desde aquel día y hasta hoy deja bien que desear, no por defecto de obra o calidad material, que a todo se dio remate de primorosa manera, si no por haberlo dejado en manos, por voluntad suya de usted, de la más necia y nociva de todas las criaturas. Teniendo a su disposición todas ellas, bien errado anduvo a la hora de escoger la que habría de ser reina y señora de toda la creación, y siendo vos, como dicen que sois, señor todo poderoso, autor justo y perfecto de todo lo que es, no acierto yo a comprender esa pereza divina para ponerle remedio. No cabe pues la ignorancia para quien todo lo ve y en todas partes se halla.
Sepa el supremo hacedor que aquel caos que gobernaba, antes de obrar, ya casi lo tenemos de nuevo conseguido y en muchas partes superado. Por esto me atrevo yo a pedir humildemente que vuelva usted por el sitio, porque siendo la obra incalificable por la perfección y maravilla, bien merecía descansar el día séptimo, aún siendo obra de Dios, pero ya el descanso, por lo largo, le está igualando el calibre.
Pienso yo que, viendo tantísima crueldad de hombres matando hombres, de niños muriendo inocentes por no llegarles bocado, de seres exterminados por la codicia malsana de los que todo lo pueden, de mil y una bajezas que a este mundo le son propias, sería acaso que el soplido de vida y conocimiento que en las narices recibió de usted Adán, algún otro, por el uso que le está dando, pudo recibirlo en partes menos nobles. Pienso también, aunque suene irreverente, que puede usted mandarnos de nuevo, al igual que mandó a Cristo, otro Mesías que nos venga a redimir, que aquí ya todos estamos listos para volver a matarlo. Mejor que se viniera usted mismo con todo su gran poder, por ver si fuera posible el remedio, que no el perdón.
También quiero yo decir que si, como pregonan algunos, es este mundo una prueba por ganar otros mejores, al premio le pueden dar mierda.
Ruego sea la respuesta, si es que la hubiera, manuscrita o de viva voz, que pueda yo interpretarlas con la poca o mucha sabiduría que usted me dio, que los milagros, señales y gloriosas apariciones, cada uno los entiende como mejor le conviene y queriendo predicar amor, caridad y limosna, se convierten en mercadería y opulencia. Haya salud y suerte para usted que las reparte, aunque no las necesite.